cementerio Art Island New York

Hay dos cementerios singulares en Nueva York. Pocos visitantes le fallan al cementerio más clásico de esta ciudad.

El camposanto de la iglesia Trinity guarda los restos de personas influyentes entre los primeros occidentales instalados en este pico, al sur, de la punta de flecha que dibuja la isla de Manhattan.

Aquí está el recuerdo, por ejemplo, de la familia Fulton, innovadores en impulsar con vapor los barcos; uno de su propiedad fue el primero en cruzar el Atlántico, y cerca está la escultura de bronce de un metro y medio de altura de un abogado inglés del siglo XVIII, que hizo levantar su nieto y que se ha vuelto verde con la edad.

Cementerio Trinity New York

Un guía explica a un pequeño grupo quien fue el esculpido. Fue un neoyorquino de nacimiento, hijo de una de las familias ricas antiguas.

Los visitantes que nos cruzamos van de lápida en lápida, descifrando alguna inscripción, detectando símbolos masónicos, buscando las fechas más antiguas.

La lápida más anciana es de un niño de cinco años, murió en 1681 y tiene un bajorrelieve en la parte de atrás: Un reloj de arena con alas sobre un cráneo y unos huesos cruzados. Una forma corriente por entonces de señalar que el tiempo vuela.

Nos detenemos un momento ante la tumba de James Leeson, que murió en el siglo XVIII. Tiene otro reloj de arena alado y en la parte de arriba hay un mensaje codificado que tardaron años en descifrar.

lapida cementerio Trinty New York

El código está formado por cuadrados incompletos que contienen puntos (uno o dos) o están vacios. La solución radica en saber por qué faltan lados a los cuadrados: son casillas de un juego de 3 en raya.

Los puntos indican el orden de las letras del alfabeto, omitiendo la letra “j” porque en aquella época podía reemplazarse por la “i” . La solución del enigma es REMEMBER DEATH. Recuerda que eres Mortal….

En mitad del canal de Long Island, hay una isla muy pequeña, algo más de un kilómetro en su parte más larga, llamada Art Island. Es el mayor cementerio del mundo.

La otra cara de esta moneda que acoge a personas a los que no les faltaban las monedas.

Nueva York tiene un sistema particular, probablemente único, que establece que si un paciente no ha dejado instrucciones concretas, cuando se amputa un miembro durante una operación, tras pasar por patología, se mete en una caja y se entrega a Potter’s Field en Art Island para que sea enterrado.

Se hace en el mismo campo de sangre donde se entierra a los indigentes. El nombre proviene de la Biblia. Así se llamaba el campo donde fué enterrado Judas.

Cuando una persona muere y nadie reclama sus restos o si la familia no puede darle sepultura, la ciudad los entierra en su campo de sangre. Los restos allí enterrados corresponden a más de un millón de personas.

El lugar fué urbanizado como campo de prisioneros durante la guerra civil. Muchos murieron y fueron enterrados allí mismo.

Hace poco más de 150 años, la ciudad de Nueva York compró la isla para convertirla en un cementerio público, pero solo destinó la mitad del terreno a ese propósito.

Con el tiempo, el resto se utilizó para un asilo de mujeres dementes, un orfanato, un hospital para tuberculosos, un centro de cuarentena de fiebre amarilla o una cárcel.

Durante los años cincuenta, las fuerzas aéreas instalaron una base para misiles en silos subterráneos.

Ahora, la isla está deshabitada y solo se utiliza para las fosas comunes de vagabundos, presos, bebés y muchas otras personas no reclamadas en su momento.

Sus fosas las cavan una quincena de presos con condenas menores a un año que navegan cada día desde la isla Rikers, el mayor complejo penitenciario de la ciudad.

Las familias que por cualquier razón tienen allí a alguien querido, disponen de un sábado cada mes para poder visitarlos, siempre que lo pidan con seis meses de antelación.

Esta primavera fué propuesta, por concejal dominicano, una ley para que saliera del sistema de prisiones, y pasara a jardines como el resto de los cementerios, y las familias puedan visitarlo cuando quieran, sin tener que rellenar formularios ni enseñar el carné de identidad, sin que se les requisen sus teléfonos y cámaras y sin tener que ser escoltados, como sucede hoy en día.

No parece que la intención de construir un museo vaya a atraer a mucha gente, porque hay que tomar un tren hasta la última parada del Bronx, luego un autobús hasta City Island, una pequeña isla de pescadores, y desde allí subirse a un ferri.

Hay que ser muy fan de los Monster o los Adams… o una reencarnación de Poe.

Artículo de Carlos López-Tapia

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