museo historia natural Nueva York

Los turistas no podemos descender a los cinco pisos de subsuelo que guardan los millones de ejemplares no expuestos en el museo de historia natural más grande del mundo.

Si pudiéramos ver un corte lateral del subsuelo, observaríamos las uniones entre las 27 construcciones del MHI de Nueva York y los dos enormes pilares que se hunden hasta apoyarse en la roca viva de Manhattan, para poder sostener varias plantas más arriba el mayor meteorito expuesto en un museo.

Pero nuestra mirada acabaría por concentrarse en uno de los pisos soterrados, con superficies, estanterías, cajas y contenedores….. con decenas de miles de huesos.

Es el producto de la fiebre fósil que “asoló” América desde finales del XIX, cuando aún no sabíamos que los dinosaurios triunfaron unos doscientos millones de años, frente a los 55 millones del primer fósil de homínido y los escasos cuarenta mil que llevamos dominando nosotros.

museo New York

Cuando se inauguró el primer museo del mundo, el Británico, en 1759, acudieron unos 5.000 visitantes el primer año; durante los siguientes decenios había que tener muchas ganas de ver tu primer fósil: el interesado debía acudir al encargado del museo y este comprobaba la dirección e idoneidad del interesado, quien tenía que volver para recoger una entrada firmada (en caso de recibir aprobación) y, finalmente, regresar el día especificado para la visita.

Un «subbibliotecario» guiaba al interesado en un grupo de cinco personas, porque, según los propios documentos del museo, se hacía bastante rápido para que el siguiente quinteto de visitantes no perdiera el interés durante la espera.

Hoy somos parte de los cinco millones que entran en este cada año. En el hall esperamos sentados a los amigos junto al esqueleto de un dinosaurio hembra gigantesca que lucha por proteger a su cría.

Estamos acomodados con toda naturalidad, junto a una veintena de sapiens que hacen lo mismo que nosotros, conectar el dispositivo a la red con el wi-fi gratuito, observar la excitación de las crías de nuestra especie o mirar al techo, una actividad mucho más frecuente de lo que se piensa.

Cualquiera de nuestros bisabuelos nos hubiera tocado el hombro y…. “Oye, ¿Es que no miras eso?”, mientras señalaba al enorme esqueleto.

Pero es que los integramos en una sola ojeada, los dinos se han “disneyficado”, están en nuestras casas hasta en el colegueo animado de los “dibus” desde que estalló en la retina del planeta Parque Jurásico. Por eso la cuarta planta, donde se muestra una mínima parte de lo atesorado, siempre tiene público.

museo historia natural Nueva York

 Puede costar algo luchar contra el sentimiento de infantilización; pero lo hacemos y, creedme, el niño que fuimos surge con todo su poder en cuanto te plantas ante la cabeza del Argentinosaurio. Es inconcebiblemente enorme.

El ser terrestre más grande encontrado a partir de una vértebra del tamaño de una persona. En 2010 se terminó de analizar un conjunto de sus huellas, para concluir que contenían huesos de animales, una tortuga y varios cocodrilos, hasta 18 animales enterrados en una sola huella. ¿Causa de la muerte?, un pisotón.

Te cae encima un planeta diferente a través de esta inmensidad forense, que usó Hepburn para arruinar totalmente los planes de vida de Cari Grant en “La fiera de mi niña”, simbolizado en la destrucción del esqueleto de brontosaurio que él ha ido construyendo durante años; o que sirvió sesenta años después a Rachel y Ros en Friends, para concretar entre estos fósiles su tensión sexual.

 Al fundarse este museo la estrella era el Brontosaurio, sustituido hace una generación por el espectacular Tiranosaurio Rex, que en los últimos años ha pasado de ser un sofisticado lagartón depredador carnívoro, a un carroñero emplumado; más parecido a una hiena que al superviviente más cercano a su época, el cocodrilo… parece ser que el único cazador de tiranosaurios conocido era una versión gigante del cocodrilo.

El estrellato del Rex quedó confirmado cuando se subastó el fósil de la Tiranosauria Sue, y superó los ocho millones de dólares. Solo hay trece buenos fósiles de Rex, y las leyes se han extendido en todo el mundo para nacionalizar cualquier nuevo hallazgo.

La primera pista de que los dinosaurios existieron fue un diente. William Buckland, era un geólogo tan curioso que incluía el sentido del gusto en su experimentación, comía pastel de ardilla o ratones en batido.

Cuando visitó Italia le mostraron una mancha en el suelo de una iglesia en el lugar donde un santo había sido martirizado. Cada mañana, le dijeron, la sangre fresca se renovaba milagrosamente.

Inmediatamente William se arrodilló en el suelo y aplicó su lengua a la mancha húmeda. No es sangre, informó a sus anfitriones. Él sabía exactamente lo que era: nada más que orina de murciélago.

En 1824 Buckland estudió un gran diente hallado en una cantera de pizarra de Oxfordshire. Buckland puso el nombre de Megalosaurus al ser propietario de aquel diente gigantesco.

Dentro de cinco años se cumplirán dos siglos desde que se describió el primer dinosaurio, aunque no se acuñaría la palabra «dinosaurio» hasta 1841, solo 28 años antes de que este museo abriera sus puertas.

museo historia natural New York

Por entonces a nadie se le hubiera ocurrido hacer una tienda de recuerdos. Hoy es la más rentable de todos los museos del mundo y no le hacen ascos a la ficción.

Los dinos vencen pero se venden bien los sombreros de Indiana Jones, debidamente almidonados en su forma cinematográfica, aunque ni huella del látigo. Esto es Estados Unidos, no Inglaterra.

Artículo de Carlos López-Tapia

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