quinta avenida nueva york

Avanzamos desde el hotel Row, a cinco minutos de Times Square por la Octava Avenida , camino de la cita que nos reúne para comenzar las visitas seleccionadas del día.

A la altura de la calle 49, se observa una acumulación de cartones y trapos. Son los restos de la noche pasada allí por un grupo de personas sin techo. Impresiona pensar en la protección que puedan ofrecer cuando la temperatura todo el día no supera un grado y baja a menos de cero con frecuencia.

Un neoyorkino sabe que esos restos de pobreza o exclusión no están ahí al azar.

No es necesario ampliar la imagen tomada en Columbus Circle, para distinguir una boca de la alcantarilla. Es una de las imágenes más corrientes en esta ciudad: la alcantarilla humeante.

El vapor que sube no proviene de los túneles del metro ni de las cocinas de los restaurantes, sino de las cañerías de la telecalefacción.

Se trata de un circuito inaugurado en 1877 y que alcanzó su pleno desarrollo en los años treinta, cuando daba servicio al Empire State Building, al rascacielos Chrysler, a la estación Penn, a la Grand Central y al Rockefeller Center.

Todavía hoy, hay más de 1.500 edificios en Manhattan que no tienen sala de calderas, y se calientan desde seis grandes centrales que producen vapor.

Las instalaciones, que son muy viejas, necesitan trabajos de manutención porque las pérdidas son constantes, y eso explica las alcantarillas que humean en la noche y algunas aceras calientes en las que echarse a descansar en invierno, cuando todo está medio congelado.

Pero las personas que se ven en la superficie son como los iceberg, la punta de un mundo muy poco conocido por los que venimos de visita, ya seamos extranjeros o americanos.

La gente topo. La vida en las alcantarillas de Nueva York, escrito por la periodista y ensayista Jennifer Toth, mereció algo más que reseñas en todos los medios de comunicación al publicarse en 1993.

Al año siguiente se realizó el “Estudio Rushing-Bunten” que reveló que por entonces ya vivían 2.750 personas en la pequeña zona limitada en el suroeste por la Penn Station y en el noreste por la Grand Central Terminal.

Pero esta población asciende a 4.500 personas en estos meses de invierno, aunque no existe un censo fiable de la población que habita en los subterráneos de Manhattan.

No obstante, se calcula que cinco mil o más personas sin hogar viven en el laberinto de vías subterráneas, túneles de metro, antiguas conducciones de agua, viejas minas de carbón, estaciones y salas de espera abandonadas, gasoductos no utilizados, viejas salas de máquinas y otros espacios existentes bajo Manhattan.

Sólo la Grand Central Station tiene siete niveles de túneles, y en algunos lugares las obras subterráneas alcanzan una profundidad de treinta plantas.

No se dispone de planos completos del Manhattan subterráneo, a pesar de que el atentado contra las torres gemelas estimuló algunas iniciativas.En muchas zonas subterráneas, las personas sin hogar se han organizado en comunidades con nombres como «Carretera de Birmania» o «Los Bloques», gobernadas por «alcaldes» electos.

Algunos de los topos que pertenecen a estas comunidades no salen a la superficie durante semanas o meses, y sus ojos se adaptan a niveles de luz muy bajos. Se alimentan con comida que los «mensajeros» bajan de la superficie.

Al menos una de dichas comunidades cuenta con una maestra a tiempo parcial, ya que bajo tierra viven también niños, a menudo llevados allí por sus madres para evitar que el Estado les retire la custodia y los dé en adopción.

Los topos se comunican en la oscuridad a largas distancias mediante golpes en las tuberías. No se dispone de un registro de los nacimientos y defunciones que se producen en las comunidades establecidas bajo Nueva York.

Sin embargo, dada la cantidad de enfermos drogadictos, delincuentes, ex reclusos, disminuidos psíquicos y desequilibrados mentales que tienden a instalarse bajo la superficie, es evidente que las condiciones de vida de ese mundo son difíciles y peligrosas.

La gente expone razones muy diversas para apartarse de la sociedad y refugiarse en los túneles de ferrocarril y otros espacios subterráneos, pero las dos más frecuentes son mayor intimidad y seguridad.

Se ha calculado que la esperanza de vida de una persona, una vez que ha descendido bajo tierra, no suele superar los dos años. Por fortuna todavía nadie ofrece visitas guiadas a ese mundo.

Artículo de Carlos López-Tapia 

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