Me cuenta el dueño del taller donde va mi coche que, al estar entre los mejores vendedores, su firma le ha llevado a un crucero por los fiordos con una peculiaridad: meterse en el agua helada del Ártico.

Allí imaginé a los premiados, un grupo de turistas, parejas maduritas muchas de ellas, ataviados con un traje aislante, para ir tomando la mano de su guía y hacerse descender suavemente y experimentar sensaciones ajenas a lo cotidiano.

Es la primera cosa que me cuenta de su viaje, que coincide con la reedición de una serie excelente de libros de viaje para alimentar al gusanillo.

El primero de ellos convierte en un paraíso cualquier cosa desagradable que nos haya sucedido en alguno de nuestros viajes.

Se trata de “El peor viaje del mundo” de Apsley Cherry-Garrard, explorador y zoólogo superviviente de la expedición Terra Nova, que costó la vida a Scott y dos de sus compañeros.

Al releerlo corroboro que apenas me quedaban recuerdos concretos de esta lectura de juventud.

Mala memoria buena la mía, porque soy friolero y toda la lectura transcurre en torno a los veinte grados bajo cero, con picos de ¡hasta 56! Este será un viaje que nunca haré, y por eso lo he disfrutado entre escalofríos y asombro.

Robert Scott ha pasado a la historia por morir dejando un diario donde relataba la agonía de un fracaso… que toma Cherry-Garrard y lo convierte en la narración del último esfuerzo de la humanidad por explorar la superficie del planeta. Expedición de Robert Scott al Polo Sur.

El relato de Scott es el que otorgará a la obra un lugar entre los grandes libros del mundo.

Comienza en noviembre de 1910 y acaba el 29 de marzo de 1912, y, si no sois capaces de leer las últimas páginas sin que se os humedezcan los ojos, es porque cuando lleguéis al final habréis vivido con Scott durante dieciséis meses, más de dos meses y medio soportando ventiscas, para llegar al polo, y descubrir que Roald Amundsen lo había alcanzado un mes antes.

Cuando llegó, Scott se encontró con la bandera noruega ondeando. «¡Dios santo! Éste es un lugar espantoso», confió a su diario. cuando lo hizo, tenía que recorrer los casi mil trescientos kilómetros de regreso a la base.

 

 

Durante el camino, él y los cuatro expedicionarios que lo acompañaban quedaron aislados a causa de una ventisca a menos de veinte kilómetros del refugio.

Al morir de frío y hambre, los miembros del equipo de Scott se convirtieron en héroes y ejemplo duradero de la fortaleza británica.

Los ingleses necesitaron un símbolo como ése, ya que no tardaría en empezar la Primera Guerra Mundial.

Cherry-Garrard sostiene que el heroísmo convencional es una demostración de estupidez.

Es el miedo y la pusilanimidad lo que hace que una persona sea realmente valiente. «El hecho de que a los ojos del mundo Lawrence (de Arabia) viviera la vida de un valiente, no le evitó tener que demostrarse a sí mismo que no era ningún cobarde.

Y es que la mayoría somos unos cobardes, y si Lawrence no se hubiera considerado un cobarde, no habría tenido la necesidad de demostrar su valor.

El peor viaje del mundo es una exhibición de cómo superar obstáculos que parecen insalvables sin dejar de conservar la humanidad y la cortesía, en su mejor versión británica.

Artículo de Carlos López-Tapia

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