La ciudad vieja de Nápoles tiene varias puertas.

En la que mira al Vesubio, la del Este, hay una estatua que todos los napolitanos conocen. Es un hombre que levanta el brazo hacia el volcán como si le dijera: no vomites hacia mi ciudad.

Es San Genaro, el que concentra la devoción, hasta de los que no creen, en esta ciudad de dos millones de personas de superstición arraigada en el alma, siempre vital, corrupta a menudo, donde fracasa el orden administrativo desde hace siglos.

Hace dos años se presentó el documental Sul vulcano de Gianfranco Pannone, que evidenciaba la imposibilidad de ofrecer una alternativa gubernamental a la próxima explosión. No hay plan de evacuación realista. El Vesubio es el volcán más peligroso de Europa y cumple el ciclo histórico de erupciones en esta época.

Nadie sabe cuándo ocurrirá, pero lo hará. Su centro de observación vesubiano está entre los más dotados del continente, pero por eso mismo es un frente de batalla político, donde no hace mucho se atrincheraba en su despacho el responsable del centro al saber que el gobierno de turno había decidido sustituirle. A pesar del apoyo de algunos funcionarios, tuvo que acabar saliendo para que otro ocupara su poltrona.

Los napolitanos se encogen de hombros cuando se les interroga sobre su convivencia con el Vesubio, luego entran a tomar un café expreso y espeso como pocos en Italia, sin azúcar para los fundamentalistas, a toda la temperatura que resiste la mucosa bucal sin formar ampollas, un café vesubiano.

Me reencuentro con Nápoles mientras preparo un trabajo sobre volcanes y cine. Recuerdo su lluvia salada cuando sopla el Siroco y que no hay librería sin un ejemplar del napolitano Maurizio de Giovanni, el padre de los dos policías más populares de la ciudad en los últimos años.

De Giovanni comienza en 2005 a escribir la serie de Luigi Alfredo Ricciardi, comisario de treinta y un años, que vive en el Nápoles de 1931, nueve de la era fascista. Solitario, siempre sin el sombrero que lleva por entonces todo hombre que quiera aparentar decencia; no participa en las fiestas, no se lo ve nunca en ningún encuentro.

No hace amistades y no se abre a confidencias. Sus ojos verdes normandos destacan en la cara morena, lleva siempre en la frente un mechón de pelo que echa hacia atrás con un gesto seco, hombre de pocas palabras que suelta ironías que no todos captan.

Ricciardi ve muertos como el niño de El sexto sentido.
Su colega para nuestros tiempos nació en 2013 y pasó del papel a protagonizar la serie televisiva Los bastardos de Pizzofalcone.

Es Giuseppe Lojacono, un siciliano trasplantado a Nápoles, que no representa sus cuarenta años, pómulos altos, los ojos oblicuos que, cuando se concentra cierra hasta convertirlos en dos ranuras; tiene pinta de chino, y con ese apodo le llaman sus colegas. Tampoco da demasiadas confianzas, pelo negro, lacio, desgreñado, el cuerpo huesudo en tensión permanente, como si de un momento a otro fuera a salir disparado.

Lojacono trabaja en la comisaría de Pizzofalcone, en pleno centro, sobre las ruinas donde Lúculo, el hombre que trajo de Asia los primeros cerezos plantados en Europa, se hizo construir su villa.

Alrededor de la colina donde se encarama la comisaría se extiende parte del “barrio español”, una acumulación de callejuelas idénticas, perpendiculares, una red de cuestas y bajadas; abundan los andamios montados con tubos, tiendas de pescado, fruta y verdura que invaden la calzada estrecha, con sillas en la acera para evitar que aparque alguien.

Solo las motocicletas pasan bien, rápidas, dejando pedorreos de ruido y humo entre las furgonetas que cargan y descargan sin preocuparse por las colas de coches que tocan la bocina. el edificio de la policía mira a una de las bahías más hermosas del mundo y a su espalda el monstruo dormido, el Vesubio.

Ambos policías, además de honestos, son dos guías magníficos para moverse por el cuerpo y el espíritu de esta ciudad que son tres; una, la que cuenta de verdad, no pasa de un pueblecito de pocos miles de habitantes ricos.

La segunda está formada por unos quinientos mil que tienen un trabajo, un sueldo fijo, y viven de fin de mes en fin de mes con la esperanza de repetir vacaciones en la playa.

La tercera, más de un millón de habitantes, se las arregla y trata de sobrevivir lo mejor posible. Vale la pena conocer a estos dos personajes y a los colegas que los rodean; tanto como dar un salto a Nápoles antes de que el volcán despierte.

 

Artículo de Carlos López-Tapia

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